El fruto del futuro

El fruto del futuro

El pasado sábado 27 de febrero se celebró el Día del Árbol, una celebración que se repite año tras año, pero su importancia no reside en los grandes discursos, sino en el gesto sincero de agacharse para tocar la tierra en la que nos hemos criado, sentir el polvo en nuestra piel y rememorar las tardes de verano que pasábamos corriendo y jugando.

A menudo buscamos la identidad en los libros o en los mapas, olvidando que la nuestra está escrita en el relieve de la Sierra de Espadán. Plantar un árbol es un ejercicio que nos recuerda que somos una pieza más del engranaje que constituye nuestro ecosistema, un espacio que lleva siglos antes que nosotros y otros tantos que nos sobrevivirá.

Estas actividades nos recuerdan la solidaridad de Vall de Almonacid, un pueblo que une sus fuerzas cogiendo las azadas y creando vidas, compartiendo un mismo espacio, repartiendo agua y comida para que no decaigan los ánimos y las fuerzas no fallen. La conexión no residió en las palabras, sino en las miradas de complicidad y las sonrisas de satisfacción que surgen tras un trabajo bien hecho.

Muchas veces nos vemos reflejados en esos pequeños árboles que se plantaron, que fueron introducidos en esta tierra alzando apenas un palmo, pero algún día lucirán desde las alturas el orgullo que supone pertenecer a este pequeño pueblo y nos premiaran con el cobijo de su sombra en las asfixiantes tardes del verano.

A veces necesitamos el pretexto de una fecha en el calendario para recordar que nuestras raíces no son metafóricas, son físicas, son el olor de la tierra húmeda tras el invierno y la dureza del sustrato que se resiste a ser abierto.

Volver a las raíces no es un retroceso, es tomar impulso. Al cerrar los hoyos y recoger las herramientas, Vall de Almonacid no solo dejó el huerto un poco más verde; se dejó a sí mismo la certeza de que, mientras sigamos cuidando lo que nos sostiene, seguiremos teniendo un lugar al que llamar casa.

Redacción:  Joan Flors Martínez